La rebelión consiste en mirar una rosa hasta pulverizarse los ojos
sábado, 15 de febrero de 2014
Es un temor de algo - Jaime Sabines
Es un temor de algo, de cualquier cosa, de todo.
Se amanece con miedo.
El miedo anda bajo la piel, recorre el cuerpo
como una culebra.
No se quisiera hablar, mirar, moverse.
Se es frágil como una lámina de cine.
Vecino de la muerte a todas horas,
hay que cerrar los ojos, defenderse.
Se está enfermo de miedo como de paludismo,
se muere de soledad como de tisis.
Alguien se refugia en las pequeñas cosas,
los libros, el café, las amistades,
busca paz en la hembra,
reposa en la esperanza,
pero no puede huir, es imposible:
amarrado a sus huesos,
atado a su morir como a su vida.
Ha de aprender con llanto y alegría.
Ha de permanecer con los ojos abiertos
en el agua espesa de la noche
hasta que el día llegue a morderle las pupilas.
El día le dará temores, sueños,
alucinadas luces y caricias.
No sabrá preguntar,
no ha de querer morirse.
Oscuramente, con la piel, aprende
a estar, a revivirse.
Sobre sus pies está,
Es todo el cuerpo que mira en los espejos
para conocerse, el que miran las gentes,
como lo miran.
Él se saluda en el cristal sin dueño,
se aflige o se descansa,
se da las manos una a otra para consolarse,
Oye su corazón sobre la almohada
frotándose, raspando como tierra,
aventándole sangre.
Es como un perro de animal,
como un lagarto, como un escarabajo, igual.
Se recuerdan los días en que somos un árbol
una planta en el monte,
hablando por los poros silenciosamente.
Lleno de Dios, como una piedra,
con el Dios clausurado, perfecto, de la piedra.
Uno quisiera encender cuatro cirios
en las esquinas de la cama, al levantarse,
para velar el cadáver que dejamos.
Ora por nosotros, mosca de la muerte,
Párate en la nariz de los que ríen.
Tenemos, nos tenemos atrás, en nuestra espalda,
Miramos por encima de nuestros hombros
qué hacemos, qué somos.
Nos dejamos estar en esas manos
que las cosas extienden en el aire
y nos vamos, nos llevan
hora tras hora a este momento.
Vida maravillosa que vivimos,
que nos vive, que nos envuelve
en la colcha de la muerte.
Salimos, como del baño, del dolor
y entramos a las cosas limpiamente.
Dulce cansancio del reposo,
El sol vuelve a salir y el hombre sale
a que lo empuje el viento.
(Vuelvo a plancharme el rostro en el espejo,
bozal al corazón, que ya es de día.)
Hijo soy de las horas, hijo ciego,
balbuceante, mecido en un obscuro pensamiento.
No soy éste o el otro, soy ninguno,
qué importa lo que soy, mano de fuego,
llanto de sólo un ojo, danza de espectros.
Hígado y tripas soy, vísceras, sangre,
Corazón ensartado en cada hueso.
De paso voy pero no al paso
del reloj o del sueño,
no con mis pies o con los pies de nadie,
no lo sé, no lo quiero.
Me apagan y me encienden, me encendieron
como una flor en el pecho de un muerto,
me apagaron como apagar la leche
en los ojos dulces del becerro.
Fumo, y es algo ya. Bebo,
Como mi pan, mi sal y mi desvelo,
me dedico al amor, ejerzo el canto,
gano mujer, me pierdo.
Todo esto sé. ¿Qué más?
Guerra y paz en el viento,
palomas en el viento de mis dedos,
tumbas desde mis ojos,
yerbas en el paladar de este silencio.
Hablemos poco a poco. Nada es cierto.
Nos confundimos, apenas si alcanzamos
a decir la mitad de esto o aquello.
Nos ocurren las cosas como a extraños
y nos tenemos lejos.
He aquí que no sabemos.
Sobre la tierra hay días ignorados,
bosques, mares y puertos.
domingo, 22 de diciembre de 2013
Saber que nada es cierto - Selva Casal
Saber que nada de lo que vivo es cierto
Ampararse en la nada
Esto es la zozobra
Los días como piedras preciosas navegan
Desde un dios imposible
Esta carga terrible es un lugar de asombro
Existe dijo Él
Y yo existí
No es de tarde no es de noche
Y sin embargo espero
No sé qué pero espero
Mis ancestros deliran
Querían que yo fuera torero
O pastor entre las ramas verdes
Y encontrar aquella oveja que un día ser perdió para siempre
Pero nadie puede decirle a un hombre nada
Yo pienso en mis ancestros
Culpables inocentes de tanto dolor de tanta alegría
Me gustaría abrazarles
Decirles que aun no sabemos
Ni de las estrellas
Ni de la vida
Ni del amor
Que como ellos al abrir los ojos cada mañana nos descubrimos solos.
viernes, 6 de diciembre de 2013
Pórtico - Selva Casal
Yo no busqué en la poesía la belleza, yo no busqué nada. Suelen sin embargo, producirse extrañas mutaciones, formas secretas de la alquimia y aquel dolor o aquella imagen atroz que nos perseguía, puede convertirse en ángel guardián, en astro errante o algo así, y entonces decimos que es bello, olvidando además que desconocemos el sentido de lo bello. Por qué sino tanta crueldad en el amor? Tanta luz en los amaneceres que esperan despertar al piar de los pájaros que no existen? Y no es que no nos hayan amado o que acaso aún estemos amando, es que sus huesos me molestan y no encuentran lugar en una tierra, que no por nuestra, deja de ser extraña. Que soy desordenada? Es verdad, pero me gusta serlo, porque cómo vamos a pretender sistematizar la vida, puntualizar los sentimientos, darles puertas de entrada y de salida. Vayan entonces todos los poemas juntos, si pueden, porque aunque no quiera, tienen cierto orden ya que se han desengarzado de otros que escribí y perdí o que no escribí más que mentalmente. Yo no puedo auto-regalarme a mí misma, ni recordar cuando nací, ni qué hice, porque anduve por la vida como un jinete sobre un caballo indómito, indomable, sin saber nunca que bosque iba a cruzar ni que ríos, ni cuando iba a quedar dormida o muerta. Mis amigos fueron, serán los que comprendan.
miércoles, 13 de noviembre de 2013
Manifiesto - Amelia Biagioni
Yo me resisto,
en la calle de los ahorcados,
a acatar la orden
de ser tibia y cautelosa,
de asirme a la seguridad,
de acomodarme en la costumbre,
de usar reloj y placidez,
aventura a cuerda,
palabra pálida y mortal
y ojos con límites.
Yo me resisto,
entre las muelas del fracaso,
a cumplir la ley de cansarme,
de resignarme,
de sentarme en lo fofo del mundo
mortecina de una espada lánguida,
esperando el marasmo.
Yo me resisto,
acosada por silbatos atroces,
a la fatalidad
de encerrarme y perder la llave
o de arrojarme al pozo.
Con toda la médula
levanto, llevo, soy el miedo enorme,
y avanzo,
sin causa,
cantando entre ausentes.
en la calle de los ahorcados,
a acatar la orden
de ser tibia y cautelosa,
de asirme a la seguridad,
de acomodarme en la costumbre,
de usar reloj y placidez,
aventura a cuerda,
palabra pálida y mortal
y ojos con límites.
Yo me resisto,
entre las muelas del fracaso,
a cumplir la ley de cansarme,
de resignarme,
de sentarme en lo fofo del mundo
mortecina de una espada lánguida,
esperando el marasmo.
Yo me resisto,
acosada por silbatos atroces,
a la fatalidad
de encerrarme y perder la llave
o de arrojarme al pozo.
Con toda la médula
levanto, llevo, soy el miedo enorme,
y avanzo,
sin causa,
cantando entre ausentes.
lunes, 8 de julio de 2013
Cartas a mi sangre - Mario Morales
1
Soy un mito. Estoy fabricando mi espejo y con un placer asesino me dejo aniquilar por este vidrio que de tanto copiar, crea.Furiosa sed de vivir hasta vivir. Y no mechado de sol, robando a escondidas de nuestra mano, que no sabe robar: olores verdes, misa con cruz hecha de carne y sangre, goce limitado por lunas borrachas de mirarse y desearse. Y vestidas por algún sueño frustrado sin soñar.
Y la noche. Sólo ella es constante en su locura. (Pero todavía puedo crear cucarachas para enloquecer mis sábanas y equilibrar la cordura).
Las mañanas mueren con sol y sin reposo. Las mañanas mueren levantando senos que me viven con su implacable desafío de no saber nunca. Pero yo tampoco sé. Y entonces quizás ser feliz y tener hijos como un Dios de catecismo. Y sin redención. Pero con cruz.
¿Acaso hay muerte alguna vez? Ahora, aquí y ahora, hay este eterno vivir, este vivir sin causa y casi sin hombre. Y toda hora sabiendo y sin decidir es una agonía que vivo con mi verdad. Y mi ser es una joroba de ángel, un contrahecho de verdades. Negar o aceptar es suicidarme un poco, a medias, existiendo. Fuga y retorno resueltos sin resolverme. Uno de mis pies está apoyado en el mundo, el otro en nada. Y éste es mi equilibrio.
Estamos en una existencia dilatada entre lo azul y lo azul, una existencia que no podemos dejar de amar ni siquiera con todo nuestro odio.
Ah, y el tiempo, el tiempo. La angustia sin horas ni minutos, la angustia burlada pero llena de sí misma, rebasándose, la infinita angustia.
Y el amor, alcahuete del alma, que me hace feliz, irreparablemente feliz.
Hay una impotencia de estrellas. Impotencia de estrellas que no pueden ser hacia arriba. Imposible sed, copa ebria de vaciarse. Las estrellas deberían ser paganas.
Soy un Lázaro paralizado entre la vida y la muerte, por un Jesús sin ganas. Soy un creador sin reino y con creación. Creación para nada. Y sin pausa.
2
Siento ganas de morir hacia todas partes. Siento ganas de morir lejos de mí. Siento ganas de morir con todo el ser.
Escribir, tomar café, fumar: nada. Pero escribir, tomar café, fumar.
Y un dios desteñido con el azul, de pensarlo. Un dios disuelto en la mirada neurótica de la página en blanco.
Yo sé que lo eterno muere hoy, en esta página.
Siento ganas de morir. Y más. Siento ganas hasta de estar enfermo después de morir.
3
La palabra es un hueco que comienza a crecer, antes y después de los labios. Y hoy las palabras me nacen en la columna vertebral, bebiendo sus propios cuerpos hasta volverse invisibles.
La tierra no es redonda para mis pies, que la descubren todos los días. Pero la muerte tiene la dimensión exacta de mis pies y no la de mi voz. Ese es el equívoco. Y las distancias se rompen al cruzar mis labios, como una bandada de sed.
Además, es tonto haber nacido de ochenta y nueve años y media estrella. Y es tonto que la muerte viaje con mayor precisión y velocidad en mis puntos suspensivos. Y es demasiado tonto haber nacido en el tiempo, a contramano de hablar y callar.
He caminado desde el amor hasta después del suicidio. Y sé que la muerte y el silencio son cortos para la lejanía de mis pies, y que muero en mis manos, de la infinita distancia que hay entre ellas y yo.
Yo deseo comenzar a ser en la última mirada, ésa que donamos a la tierra, como un espasmo de ser. Y, tal espasmo me salve del riesgo de no querer ser eterno.
Yo no sé morir. Sin embargo, por mi muerte soy zurdo. Y hasta tengo por costumbre vivir de ese lado.
Pero vivir debería ser algo mucho más simple que nacer o morir. Algo así como amarnos. Pero la vida es una estrella encendida con un fósforo.
Y yo soy el que está clavado en el lugar donde los sueños piensan.
He palpado una caída después del último fondo. He creado una angustia para que Dios comience a pensar. He hablado con la voz que grita en los pies de los muertos. Pero en mi voz hay ahora tinieblas que nunca serán mías.
Y aquí, sobre el vértice de mi imposible, necesito crear. Crear mi grito, el único, el grito de mi muerte a Dios.
lunes, 3 de junio de 2013
Carta de Franz Kafka a Oscar Pollak

"En general, creo que sólo debemos leer libros que nos
muerdan y nos arañen. Si el libro que estamos leyendo no nos
obliga a despertarnos como un mazazo en el cráneo, ¿para qué
molestarnos en leerlo? ¿Para que nos haga felices, como dices
tú? Cielo santo, ¡seríamos igualmente felices si no tuviéramos
ningún libro! Los libros que nos hacen felices podríamos
escribirlos nosotros mismos si no nos quedara otro remedio. Lo
que necesitamos son libros que nos golpeen como una desgracia
dolorosa, como la muerte de alguien a quien queríamos más que
a nosotros mismos, libros que nos hagan sentirnos desterrados a
las junglas más remotas, lejos de toda presencia humana, algo
semejante al suicidio. Un libro debe ser el hacha que quiebre el
mar helado dentro de nosotros. Eso es lo que creo".
lunes, 29 de abril de 2013
Fragm. El Paraíso Perdido - John Milton
Fija Satán su experta vista en las compactas filas; de una ojeada recorre toda la hueste; ve el buen orden de los combatientes, sus semblantes, su estatura como la de los dioses y calcula por último su número. Dilátase entonces su corazón lleno de orgullo, y se vanagloria al verse tan poderoso, pues desde que fue creado el hombre, no se había reunido fuerza tan formidable...
Superior aquel ejército de espíritus a todos los de los mortales, observaba a su jefe, que superando a su vez a cuantos le rodeaban por su estatura y lo imperioso de su soberbio aspecto, se elevaba como una torre. No había perdido aún la primitiva belleza de sus formas, ni dejaba de parecer un arcángel destronado, en quien se traslucía aún la majestad de su pasada gloria; era comparable con el sol naciente cuando sus rayos atraviesan con dificultad la niebla, o cuando situado a espaldas de la luna en los sombríos eclipses difunde un crepúsculo funesto y atormenta a los reyes con el temor que inspiran sus revoluciones. Así oscurecido, brillaba más el arcángel que todos sus compañeros; pero surcaban su rastro profundas cicatrices causadas por el rayo, y en la inquietud que en sus demacradas mejillas y bajo sus cejas se retrataba, al par que en su intrepidez, e indomable orgullo, parecía anhelar el momento de la venganza. Cruel era su mirada, aunque en ella se descubrían indicios de remordimiento y de compasión al fijarla en sus cómplices, en sus secuaces más bien, tan distintos de lo que eran en la mansión bienaventurada, y a la sazón condenados para siempre a ser participes de su pena: millones de espíritus que por su falta se hallaban sometidos a los rigores del cielo, expulsados por su rebelión de los resplandores eternos, y que habían mancillado su gloria por permanecerle fieles. Asemejábanse a las encinas del bosque o a los pinos de la montaña, desnudos de su corteza por el fuego del cielo, pero cuyos majestuosos troncos, aunque destrozados, subsisten en pie sobre la abrasada tierra.
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